miércoles 29 de abril de 2009

La complicidad de los objetos

1
Samanta:
Primero es el silencio, incómodo, frágil, y vos ahí con la mirada ausente que parece no estar mirando nada o estar observándolo todo. Luego es el olor a tostada y el café que "sin querer" derramas sobre mi libro y mis pantalones. Le siguen los insultos de siempre, esos que pronuncias para herir profundamente. Me fascina, a decir verdad, aquella manera que tenés de combinar la sucesión de las cosas y el odio visceral. Armonizan a la perfección.
Yo entonces te grito, es cierto, y vos lagrimeas como una impecable condenada. Es ahí cuando lamentablemente nuestras pupilas se entrelazan para darle lugar al maldito llanto mutuo. Lloramos por horas, sin parar, es casi obsceno y grotesco para mirar. Viste como es la cosa, Samanta, nos duele tanto la cabeza que al final del día me dan ganas de abrazarte, no es que me esté justificando, pero se hace necesario revertir la situación. Supongo que lo entenderás y no seguirás pensando que mi único objetivo en la vida es sicopatearte.
Bueno, continúo.
Después, de manera ritual, hacemos el amor. En este punto el fluir de las cosas se detiene y se produce un cambio sustancial. O mejor: se produce una metamorfosis amorfa, sí, "metamorfosis amorfa", no me hagas explicar. Lo extraño, y no por ello menos habitual, es que casi se puede tocar. Es interesante.
Y lo de siempre: las palabras comienzan a brotar, a surgir como si estuvieran exhibiéndose muy elegantemente. Los límites y limitaciones desaparecen, como es lógico de esperar, y el silencio se hace barullo. Bueno..."barullo"... quiero decir que desaparece, que concluye.
Hasta que, finalmente, llega la calma, la casa en reposo.
Vos te dormís sobre mi pecho y tus ojos cerrados son la perdición. Yo te miro dormir y ya está, no puedo seguir enojado.
Bueno, Samanta, no sé si leerás esto, si te harán llegar esta carta. No sé tampoco si servirá de algo o si te interesará. Yo sé que no es lindo estar ahí encerrado. Pero no va a ser por mucho más tiempo, lo sabés, ¿no?
Espero que te mejores rápido.
Por mi no te preocupes, voy a estar esperándote- si es que aún tenés ganas de estar conmigo.
No veo el momento en que llegue la hora en que podamos volver a estar tirados en la cama, ahí, los dos juntos, abrazados, escuchando el eterno fluir del aire que aspiramos y exhalamos, el sonido que hacen nuestros ojos al parpadear, los mimos, todo eso.
Chau Samanta,
Edgardo
2
Samanta abre el sobre, lee la carta y se duerme.
El sol entra por la ventana y entibia la habitación. Cierra los ojos y vuelve, en su imaginación, a aquel lugar en que la calma equilibraba el presente con el pasado y el pasado con el porvenir. Los pocos objetos que hay en su habitación le susurran al oído algo que, entre sueños, la hace sonreír.
Afuera, el atardecer, concluye.

2 Asesino(s):

Esteban dijo...

Muy bueno Matías... sobre todo hacia el final. La segunda parte es impecable...
Me gustó, =).

Saludos

Anónimo dijo...

Hola Mati!!! buenísimo; me encantó. Me quedé con la vena, de dónde carajo esta SAmanta, por favor!!!!

Solange